La génesis de la soledad (Garcia Márquez)

La génesis de la soledad (Garcia Márquez)

Los tumultuosos meses en los que Gabriel García Márquez escribió “Cien años de soledad”, según su biografía “Una vida”, del inglés Gerald Martin. Años después, garcía márquez diría que al día siguiente de llegar a casa se sentó ante la máquina de escribir, como solía hacer cada día, salvo que “esa vez no volví a levantarme sino al cabo de dieciocho meses”. De hecho, la escritura no le llevaría mucho más de un año, desde julio de 1965 hasta julio o agosto de 1966, durante los cuales hubo varias interrupciones; sin embargo, siempre afirmaría que fueron dieciocho meses. Tal vez porque en realidad le había llevado dieciocho años. Le dijo a Plinio Mendoza que lo que más le costó fue “empezar. Recuerdo muy bien el día en que terminé con mucha dificultad la primera frase, y me pregunté aterrorizado qué carajo vendría después. En realidad, hasta el hallazgo del galeón en medio de la selva no creí de verdad que aquel libro pudiera llegar a ninguna parte. Pero a partir de allí todo fue una especie de frenesí, por lo demás, muy divertido”. (…)

La crítica y el periodismo latinoamericanos han estado obsesionados por este período desde la publicación misma de la novela en 1967. El propio hermano de García Márquez, Eligio, dedicó un libro entero a la génesis y la creación de esta obra treinta años después de que se editara. Se ha atribuido un significado cabalístico, por no decir fetichista, a cada pequeño detalle. Sin embargo, no cabe imaginar lugar más carente de magia que la habitación donde el escritor trabajaba, aunque años después muchos lo llamaran “el cuarto de Melquíades”. García Márquez bautizó el cubículo como “la cueva de la Mafia”, de tres metros por dos ochenta, con su pequeño aseo contiguo y una puerta y una ventana que daban a un patio. Había un sofá, una estufa eléctrica, una estantería y una pequeña mesa, absolutamente rudimentaria, sobre la que descansaba una máquina de escribir Olivetti. Fue entonces cuando García Márquez adoptó la costumbre de llevar monos de trabajo para escribir (él, que en los últimos tiempos había adoptado un aire tan convencional e incluso llevaba corbata). También tomó la revolucionaria decisión de pasar de trabajar de noche a trabajar de día. (…)

En vistas del clima de expectación, fue una suerte que García Márquez lograra acabar la novela. Le dijo a Plinio Mendoza: “El libro llegó a su final natural, de un modo intempestivo, como a las once de la mañana. Mercedes no estaba en casa, y no encontré por teléfono a nadie a quien contárselo. Recuerdo mi desconcierto como si hubiera sido ayer: ¡no sabía qué hacer con el tiempo que me sobraba y estuve tratando de inventar algo para poder vivir hasta las tres de la tarde!”. Aquel mismo día entró en la casa un gato azul y el escritor recuerda: “Entonces pensé que se podrían vender un par de ediciones”. Minutos después, sus dos hijos entraron con brochas y las manos y la ropa embadurnadas de pintura azul. (…)

Por el modo en que García Márquez siempre lo ha contado, su regreso al mundo fue dramático y confuso, como si emergiera de un largo sueño. Era el año de la efervescencia cultural del swinging London. Indira Gandhi gobernaba ahora la mayor democracia del mundo y Fidel Castro, en cuya compañía conocería García Márquez a la dirigente india muchos años después, estaba ocupado organizando la primera conferencia Tricontinental de estados latinoamericanos, asiáticos y africanos que iba a celebrarse en La Habana en agosto de 1967. Un actor conservador llamado Ronald Reagan se presentaba candidato a gobernador de California.

China vivía un período tumultuoso y Mao proclamaría la Revolución Cultural unos días después de que García Márquez enviara el primer bloque de su precioso manuscrito a Buenos Aires. De hecho, García Márquez tuvo que abandonar enseguida el mundo mágico de Macondo y ponerse a ganar dinero. Se sintió incapaz siquiera de tomarse una semana de asueto para celebrarlo, pues temía que pagar las deudas acumuladas iba a llevarle años. Más adelante explicó que había escrito mil trescientas páginas —que al final quedaron en las cuatrocientas noventa que le envió a Porrúa—, que se había fumado treinta mil cigarrillos, y que debía ciento veinte mil pesos. Como es lógico, se sentía inseguro. Poco después de terminar asistió a una fiesta en casa de su amigo inglés James Papworth. Cuando éste le preguntó por el libro, García Márquez contestó: “Aún no sé si tengo una novela o un kilo de papel”.Retomó sin dilación la escritura de guiones cinematográficos. Luego, en su primer artículo en cinco años, fechado en julio de 1966 aunque no dirigido al público mexicano, García Márquez elaboró una meditación autorreferencial para “El Espectador” titulada “Desventuras de un escritor de libros”:

“Escribir libros es un oficio suicida. Ninguno exige tanto tiempo, tanto trabajo, tanta consagración, en relación con sus beneficios inmediatos. No creo que sean muchos los lectores que al terminar la lectura de un libro se pregunten cuántas horas de angustias y de calamidades domésticas le han costado al autor esas doscientas páginas, y cuánto ha recibido por su trabajo… ”. (…)

A comienzos de agosto, García Márquez acompañó a Mercedes a la oficina de correos para mandar a Buenos Aires el manuscrito terminado. Parecían dos supervivientes de una catástrofe. El paquete contenía cuatrocientas noventa páginas mecanografiadas.

Tras el mostrador, el funcionario de la estafeta anunció: “Ochenta y dos pesos”. García Márquez observó a Mercedes rebuscar en el monedero. No tenían más que cincuenta pesos, de manera que sólo pudieron mandar una mitad del libro: García Márquez hizo que el funcionario fuese quitando hojas, como si se tratara de lonchas de jamón, hasta que los cincuenta pesos bastaron. Volvieron a casa, empeñaron la estufa, el secador y la licuadora. Regresaron a la oficina de correos y enviaron el segundo bloque. Al salir, Mercedes se detuvo y se volvió a su esposo:
“Oye, Gabo, ahora lo único que falta es que esa novela sea mala”.

Fuente: Prodiario | me entere por: @dariogallo